La Siembra de la Luna

La Siembra de la Luna

Yuro ArteRealizar esta práctica consiste en depositar nuestra sangre menstrual directamente en la Tierra como una Ofrenda Sagrada. Aunque es algo simple y natural, el llevarlo a cabo llega a romper nuestros esquemas a niveles jamás pensados.

Cuando transmito esta información a otras mujeres en sesiones privadas o en trabajo grupal de Círculo de Mujeres, me encuentro con la necesidad de contar mi propia experiencia al comenzar con esta nueva forma de relacionarme íntimamente con mi propia feminidad.

Hace ya 13 años atravesé por situaciones límite, en las que puse en riesgo mi integridad física, mental y emocional. Mi feminidad estaba hecha trizas como consecuencia de no tener una conciencia de amor y cuidado hacia mí misma. Fue entonces que en medio de la tormenta y una relación sentimental tóxica de la cual no podía desprenderme, decidí hacer un alto para buscarme a mí misma y comprometerme con todos los pasos que diera hasta llegar a mi Verdad, la luz al final del túnel, el centro del laberinto.

Fue así que recibí una invitación para pasar unos días en el campo, en casa de una Abuela Guardiana de tradiciones nativas y conocimiento de lo femenino. Mi plan era, además de descubrir el conocimiento de lo femenino, aprender cosas relativas a la siembra del maíz, a tejer y a preparar los alimentos de su huerta; en resumen, aprender activamente de todo lo que ella desarrollaba en su entorno, ya que me resultaba sumamente atractivo.

Llegué a su casa un domingo en la noche, con todo el entusiasmo y la expectativa que puede crear una chica de 20 años a punto de vivir algo totalmente novedoso y fuera de serie. Para mi sorpresa, al pisar su casa literalmente sentí el cólico de todos los meses al recibir mi regla. “Adiós planes”, me dije a mí misma, “olvídate de sembrar o de hacer algo interesante”. La sentencia de dolor estaba hecha, iba a pasar los próximos días tumbada en la cama, y en el mejor de los casos, sobrellevando el malestar con algunas pastillas, imposibilitada para disfrutar y aprender como yo me lo había propuesto.

Me vi en la penosa necesidad de comunicarle a la Abuela mi desencanto, y para mi mayor sorpresa ella reaccionó festivamente anunciándome que empezábamos una ceremonia, lo cual terminó desconcertándome aún más. Pensé “creo que no tiene idea de lo que me está ocurriendo realmente, pero mejor no digo nada”, no quería parecer amargada ante tanta alegría.

No iba preparada para dicha “ceremonia”, en ningún sentido, no llevaba toallas femeninas ni nada para recibir mi sangre. La Abuela, amorosa y generosamente, me proveyó de todos los recursos necesarios. Me prestó un lindo y cómodo vestido de manta largo, apropiado para la ocasión, y me dijo: “mira hijita, para el dolor que tienes no hay nada mejor que acostarse en la tierra y recibir el calor del sol, ya que los cólicos son por tener frío adentro, así que quédate tranquilita ahí y descansa, cuando te vayas a cambiar tu toalla tomas un recipiente de cerámica que está bajo el lavamanos, pones tu toalla y vienes a verme, yo voy a estar lavando mi ropa”. Y yo, muy aplicada a las instrucciones de la Abuela, hice todo lo que me dijo paso a paso, con algo de asco, debo admitirlo. Cuando llegué a buscarla al lavadero sosteniendo el recipiente, en espera del siguiente paso, ella me pidió que se lo entregara, yo no quería verla a la cara, estaba pasando por un momento bastante bochornoso y para empeorar mi sentir, hizo la observación de que yo no me valoraba como mujer. Sentí una terrible indignación y pensé “esto es el colmo de la humillación, después de todo lo que estoy pasando ¡me levanta un terrible falso, dice que no me valoro como mujer! ¡No me conoce! ¡No puede afirmar tal cosa!” Ella como si hubiera escuchado mis pensamientos dijo: “Si te valoraras como mujer, le hubieses dado por lo menos una enjuagadita al recipiente, mira, está todo lleno de tierra, hasta un grillo tiene, tu Sangre es Sagrada y no debe ser puesta en cualquier lugar”. Me dejó la mente en blanco de verdad.

Después de ir a lavar la vasija y llenarla de agua para recolectar la sangre de la toalla, volví al lavadero esperando haberlo hecho bien, y que no me fuera a hacer otro comentario que me quisiera hacer desaparecer. “Listo Abuela”, ella me observó en silencio, se quitó el delantal y me dijo: “muy bien, ahora sí, vamos, elige un árbol, el que más te guste”. Sin saberlo, me paré frente a un aguacate, y añadió: “muy bien, vamos a ponerle muy buen abono a este aguacate y le vamos a pedir que nos de muchos ricos aguacates”. Me preguntó si estaba lista, y yo asentí con la cabeza esperando que fuera cierto. Me pidió que repitiera después de ella: “Querida Madre Tierra, gracias a esta sangre yo te voy a dar hijos e hijas. Para podértelos dar necesito un compañero. En algún lugar de ti, Madre Tierra, hay un hombre para mí, que le guste trabajar, que le guste descansar, que me ame y que yo lo ame, que hagamos cosas juntos, que me guste lo que él hace y le guste lo que yo hago, que me dé hijos sanos… y, ¿qué más quieres pedir hija?”, me dijo la abuela. Yo estaba en una especie de placentero shock, ¡porque estaba acabando con otro de mis paradigmas! “¡¿Cómo es posible que yo pueda aspirar a todo eso?!”, pensé, “¿En un solo hombre? ¿Es eso posible? ¿Y creer que está vivo en este momento en algún lugar del planeta? ¿Seré merecedora de toda esa compilación de virtudes?” Y a parte de todo, “¿yo podía agregar cualidades a tan maravillosa lista?”. Realmente estaba muda y sorprendida.  No sé cuánto habrá durado mi silencio pero no quería parecer tonta en un momento tan importante. Recuerdo que lo primero que se me ocurrió agregar fue que me hiciera reír.

Posteriormente llegó el momento de ofrendar, la Abuelita tomó la vasija y dio gracias por mi vida, por la Sagrada Sangre de vida que provenía de mi útero. Me la devolvió pidiéndome que la volviera a sostener y que mirara mi sangre agradeciendo. De pronto, un acto tan extraño y vergonzoso para mí se convertía en uno de los momentos más especiales de mi vida, me estaba sintiendo especial por ser mujer, creo que nunca me había sentido especial por el simple hecho de tener un vientre que cumpliera ciclos vitales, fuera portador y dador de vida.

En ese momento, bajo ese gran árbol de aguacate en medio del campo, sentí que todo tenía un sentido profundo, y estaba siendo llevada de la mano de una noble mujer anciana, llena de sabiduría, de amor y comprensión. Por un momento, dejé de sentirme expuesta por sus observaciones y me di cuenta que ella estaba acompañándome con toda su experiencia; era hermosa, con sus manos trabajadoras, con su vestido de flores, sus blancas trenzas, sus penetrantes y hermosos ojos que podían ver mi interior.

Al finalizar me dijo: “vamos a hacer esto todas las veces que cambies tu toalla, y así lo vas a seguir haciendo cuando te vayas. Tu Sangre debe ser ofrendada a la Tierra, nunca más la vuelvas a tirar a la basura”. Fue así, mes a mes, como fui reparando mi relación con mi Ser Mujer; no fue fácil, a veces dudaba de estar haciendo lo correcto, a veces se presentaba en mí la inercia de volver a lo conocido, y ahorrarme todo el trámite de hacer la ofrenda.

Sin embargo y pese a todo, persistí en no volver a tratar mi Sangre como un desecho. Eventualmente encontré a mi compañero, hemos formado una familia y tenemos dos hermosas hijas sanas, pero eso es parte de otra historia.

Yuro, Mujer Medicina

Para más información puedes ver este corto video que La Moccata realizó para Tu Nexo De, con el patrocinio de Mujeres Medicina.

 

 

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